En la última década hemos observado, principalmente en Occidente, la propaganda sobre una supuesta alarma climática a nivel mundial que llamaron “calentamiento global”, y luego de unos años, “cambio climático” o “emergencia climática”. Esta propaganda comenzó a masificarse con las declaraciones del vicepresidente de Estados Unidos, Al Gore, desde el 2006 cuando se dedicó a promoverla, declarando que “dentro de los próximos 10 años, el mundo llegará a un punto de no retorno”, o que ocurrirá “una verdadera emergencia planetaria” debido al calentamiento global, o en el 2008 haciendo referencia a modelos informáticos, declara: “Toda la capa del polo norte desaparecerá en cinco años". También escuchamos a otros actores como Leonardo Di Caprio, llevando una campaña dirigida por la Organización de las Naciones Unidas, donde mostraba a osos polares flotando en el hielo para convencer a los más jóvenes. El rey Carlos del Reino Unido, dijo el 2009 que teníamos doce años para salvar el planeta del irreparable clima y el colapso del ecosistema, y afirmó que la raíz del conflicto de Siria había sido el “cambio climático”. Posteriormente, utilizaron a una niña para apuntar al público masivo, creando un sentido de culpa, dividiendo e instaurando la idea de que sea políticamente incorrecto cuestionar esta narrativa.
Luego de una fuerte propaganda en el transcurso de años, podemos escuchar a una gran cantidad de personas hablando del calentamiento global o cambio climático provocado por el humano, se sienten culpables y repiten frases y suposiciones, pero no tienen ninguna prueba científica de sus afirmaciones.

El culto al “cambio climático” se transforma en un dogma promovido por organizaciones internacionales, causando miedo a niños y culpando a los adultos de ser responsables, y por eso llaman a protestar a los más jóvenes, sobretodo en los países más desarrollados y con mayor nivel de educación, que es a quienes está particularmente dirigida la propaganda.
En la ciencia las observaciones del clima no muestran algo anormal o que pudiera afectarnos en el corto plazo. Incluso de acuerdo a los ciclos naturales, la Tierra va camino hacia una glaciación, que podría comenzar a ocurrir ahora o en los próximos cientos de años, y aunque desconocemos con exactitud los datos de periodos previos, porque las mediciones exactas corresponden aproximadamente solo a los últimos 50 años, se ha observado que en la historia del mundo el clima es cíclico, y siempre ha tenido variaciones por periodos de calentamiento y enfriamientos. Desde este punto de vista, la frase “cambio climático” es una verdad, porque el clima siempre está cambiando, y si fuera constante, esto si sería un motivo de preocupación. Contrario a la propaganda de los gobiernos, de los medios de comunicación y de la Organización de las Naciones Unidas o del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (conocido por el acrónimo en ingles IPCC) con sede en Ginebra, el clima no está haciendo que los osos polares disminuyan, como lo ha analizado Susan Crockford, una zoóloga con más de 40 años de experiencia en la ciencia de los animales, particularmente en el campo de los animales del Ártico como los osos polares. Susan Crockford escribió el libro The polar bear catastrophe that never happened (“La catástrofe de los osos polares que nunca sucedió”) donde explica por qué no ocurrió la disminución catastrófica que la pseudo ciencia al servicio de intereses había predicho, y demuestra con hechos y datos, el mito de que se esté reduciendo las poblaciones de osos polares. De hecho, demuestra que la población de osos polares ha aumentado considerablemente desde el 2001,[i] mientras que el hielo del Ártico tampoco se está derritiendo. Por exponer estos hechos, Susan Crockford ha sido atacada por quienes no pueden refutarlos y defienden una agenda. La campaña del terror de la emergencia climática ocurre cada día a través de los principales medios de comunicación y de las agencias relacionadas a la Organización de las Naciones Unidas. Utilizan todos los métodos posibles para insinuar un estado de alarma y promover la agenda; utilizan mapas meteorológicos en color naranjo y rojo, adjudican incendios al cambio climático, publican titulares del “día con la temperatura más alta” de ciertas temporadas o años, muestran entrevistas sobre olas de calor de épocas pasadas, y si un día hace más calor que otros, esto también es explotado en los noticiarios. Para llegar a un público más instruido, utilizan datos escogidos, lo que es conocido como “cherry picking”, y manipulan las estadísticas y el lenguaje para intensificar la alarma.
En la historia, alrededor del final de la última Edad de Hielo, hace unos 13 mil años, comenzó un proceso de calentamiento global, pero no ocurrió porque todas las personas estaban asando carne de mamut en fogatas de combustibles fósiles, sino por los ciclos naturales de la Tierra en relación a la inclinación de su eje y a su órbita, y por las variaciones solares, que corresponde a lo que significativamente impulsa cualquier cambio climático global, como periodos glaciales, interglaciares y calentamientos. Pero esto no es mencionado por los cultores de la religión del cambio climático que se obsesionan con el dióxido de carbono y con culpar a las personas por respirar o por vivir. En la historia que conocemos de la Tierra, la temperatura y el clima siempre han estado cambiando de manera cíclica, y la mayor parte del tiempo en los últimos 2 mil años, particularmente en el Período Cálido Romano y en el Período Cálido Medieval, las temperaturas fueron más cálidas de lo que son ahora y sin industrialización. Los períodos cálidos de la historia coinciden con períodos de abundancia y desarrollo de las sociedades, en comparación a los periodos fríos. En un artículo científico titulado "Concentraciones de dióxido de carbono atmosférico durante la última terminación glacial", se demostró que los aumentos de temperatura son responsables de los aumentos en los niveles de dióxido de carbono atmosférico, y no al revés. Pero este tipo de evidencia es ignorada, ya sea por aquellos que creen que el Protocolo de Kioto es un evangelio ambiental, o por los que saben que se necesitaron veinticinco años de arduo trabajo para asegurar el acuerdo y simplemente no pueden admitir que la ciencia en la que se basa es incorrecta.
La agenda del cambio climático proviene del Club de Roma[ii] que toma como hoja de ruta el libro titulado Los límites del crecimiento[iii] para justificar una agenda de control de población como excusa para llevar a cabo políticas, cambios sociales y económicos en esa dirección.

La propaganda del cambio climático también ha servido como un lavado de imagen de grupos económicos, corporaciones y actuales monarquías que corren el riesgo de desaparecer, para convencer sobre todo a las nuevas generaciones de que están para promover la “sustentabilidad”, pero mientras su vida de lujos es mantenida por el trabajo y los impuestos de las personas. Es por eso también que Carlos vio una "oportunidad de oro" durante la operación Covid-19 para promocionar el Gran Reseteo que le ofrecieron los banqueros como un salvavidas de la monarquía, mientras la economía del Reino Unido enfrentaba la mayor recesión en siglos. Sobre el “cambio climático”, Carlos reconoció que se requeriría billones dólares en inversión para los países y la solución eran los créditos de carbono para permitir a las empresas comprar derechos para emitir una cierta cantidad de dióxido de carbono, que al final serviría para crear más deuda e impuestos centralizados.

En la Conferencia de las Partes (COP) número 27, se definió que los países en desarrollo requerían millones de dólares para implementar los cambios propuestos, y la solución fue que los grandes fondos monetarios les prestarían dinero para poder “combatir al cambio climático”, forzándolos a endeudarse por los próximos años. Con respecto a las exigencias a las industrias nacionales, tales como la incorporación de nuevas tecnologías menos contaminantes, la reducción de la producción y los impuestos “verdes”, podemos definir tres situaciones. En la primera, encontramos a potencias económicas como Estados Unidos y China que actúan como ejemplos para el resto de países al apoyar estos tratados económicos, pero que en la práctica no respetan las exigencias o solo lo hacen parcialmente. En la segunda, están los países con un mayor nivel de desarrollo, los cuales tienen la capacidad para incorporar nuevas tecnologías sin comprometer importantes recursos y les significa una inversión, como es el caso de algunos países europeos. En esta situación están los países donde las personas han tenido acceso a productos, infraestructuras y servicios de alto nivel gracias al desarrollo de procesos industriales que han significado una mayor contaminación del medio ambiente, depredación de los recursos naturales e incluso la explotación de recursos en otros países, tanto en tiempos pasados como presentes. Paradójicamente es en estos países, donde se han desarrollado la mayor cantidad de movimientos ciudadanos sobre el “cambio climático”. En la tercera situación están los países en vías de desarrollo, donde sus industrias están creciendo, pero la incorporación de tecnologías o los impuestos les significan un alto costo, y como consecuencia enfrentan una desaceleración económica, deuda con fondos monetarios internacionales y un desarrollo controlado, como es el caso de una gran cantidad de países en África, Latinoamérica y otros continentes. Las personas de todo el mundo aspiran a tener el mismo nivel en cuanto a la accesibilidad de productos, infraestructuras y servicios que en los países más desarrollados, pero eso no es posible si sus economías se detienen por nuevas regulaciones, impuestos y deudas a fondos internacionales. Cuando un país se endeuda con estos fondos, se les exige reducir sus emisiones por unidad del producto interno bruto e incorporar impuestos “verdes”, las compañías que se pueden ver afectadas, suben los precios, y quienes pagan este impuesto, son todas las personas. Este tipo de impuestos no es evidente para las personas, porque es un impuesto indirecto, y solo se percibe con la inflación.
Aunque las exigencias a industrias pueden ser una forma de cuidar el medioambiente, esto se lleva a cabo como un método de control que beneficia a potencias económicas que se desarrollaron con tecnologías industriales tradicionales, a corporaciones consolidadas, y al sistema bancario como controlador de estas, como prestamista de las naciones, corporaciones y compañías, y como recaudador directo o indirecto de impuestos. Una situación similar ocurre a nivel de monopolios, grandes corporaciones y compañías consolidadas que aunque sus desarrollos pueden considerarse de gran importancia, también el daño ocasionado a la sociedad y al medio ambiente a través de la explotación de recursos naturales y de la contaminación, ha sido gigantesca. Actualmente algunos de sus representantes dan sermones sobre el medio ambiente, promueven los impuestos “verdes” y quieren que se acaben otras compañías o industrias que les significan competencia, pero estos sermones tendrían más valor si se despojaran del dinero que recibieron como consecuencia de la explotación de los recursos naturales y de la contaminación producida para llegar a consolidar aquellas organizaciones, lo que podría ser calculado. En un acuerdo ambiental justo, los que más han contaminado, ya sean países o monopolios corporativos, deberían pagar impuestos por la contaminación histórica que han realizado para desarrollarse, y este dinero sería invertidos en países en desarrollo y nuevas compañías, pero ocurre lo contrario.
Las grandes compañías también son beneficiadas por la propaganda del cambio climático, con la que pueden lavar su imagen. La compañía Anglo American es una de las más grandes de la minería, y aunque los minerales que extrae son utilizados en una gran cantidad de productos, ha destruido una gran cantidad de entornos y ecosistemas en todo el mundo. En Chile, Anglo American construyó el “Túnel Los Sulfatos” que su extensión pasa por el subsuelo del Santuario de la Naturaleza Yerba Loca, atravesando por debajo de cuatro glaciares; Infiernillo Sur, La Paloma Norte, La Paloma Este y Altar Sur, interfiriendo gravemente la naturaleza de ese lugar, entre muchos otros a lo largo del país. Su intervención a los ecosistemas parece ser directamente proporcional a la intensidad de su propaganda basada en mentiras; transmiten constantemente en diferentes medios de comunicación sobre “cómo se preocupan del cambio climático”, y en su sitio web se puede leer: “La lucha contra el cambio climático es el mayor desafío de nuestros tiempos. Para Anglo American, comprender las implicancias que tiene el cambio climático es un asunto estratégico”. De manera frecuente se promueven los autos eléctricos de marcas como Tesla Motors porque supuestamente son “sostenibles”, pero esto también parte de una campaña de marketing y de la agenda para el control a través de los sistemas eléctricos programables, pues los autos eléctricos con las baterías de litio actualmente representan un problema de contaminación incluso mayor que los autos a petróleo, además de lo que significa a nivel social la extracción de materiales como el níquel y el cobalto. Por ejemplo, en la República Democrática del Congo, muchos niños trabajan para la extracción de cobalto, y se ha producido una “guerra civil” por el control de minerales para tecnologías “inteligentes”, en la que han muerto miles de personas, han destruido bosques y la vida ancestral de personas indígenas, como también han amenazado a una gran cantidad de especies.

La agenda del cambio climático es utilizada como un método general de control, mientras los métodos para promoverla son propios de una religión al instaurar un sentimiento de culpa, demonizando al dióxido de carbono y a las actividades humanas bajo una constante alarma climática como un dios vengativo, y donde no se trata de cuestionar los argumentos, sino de creer. Adjudican atentados, desastres artificiales y naturales a un cambio climático, lo que les sirve para reforzar la agenda. Si estos temas fueran tratados de manera consciente y todo fuera transparentado, las personas y naciones no participarían de este fraude, pero es forzado a través de la propaganda por el “cuidado del medioambiente” y desde las campañas de terrorismo como una “emergencia que nos puede llevar a la extinción”, de la influencia de los medios de comunicación, de incentivos financieros o condiciones a compañías, de presiones de organizaciones internacionales, fondos monetarios a Estados, entre otros métodos. Cuidar el planeta y el medio ambiente debería ser una prioridad de todos, pero no un pretexto de negocio y una agenda de banqueros mundiales y tecnoburócratas en búsqueda de capitalizar cambios del sistema para la centralización del poder.
[i]. Lunn, N.J., Schliebe, S., and Born, E.W., eds. (2002). Polar Bears: Proceedings of the 13th working meeting of the IUCN/SSC Polar Bear Specialists Group, 23-28 Junio, 2001, Nuuk, Greenland.
[ii]. King, A.; Schneider, B. (1991). The First Global Revolution. Club de Roma.
[iii]. Meadows, D. H.; Meadows, D. L.; Randers, J.; Behrens III, W. W. (1972). The Limits to Growth; A Report for the Club of Rome's Project on the Predicament of Mankind. Universe Books. Nueva York.











