Escrito por
Jorge Adedo Rovirosa

Durante los últimos años, la digitalización de actividades cotidianas ha avanzado a un ritmo acelerado. Reservas online, pagos electrónicos, entradas digitales, aplicaciones móviles y códigos QR se han convertido en mecanismos habituales para acceder a servicios que anteriormente podían utilizarse de manera simple y directa. Lo que inicialmente se presentó como una alternativa opcional y moderna ha ido evolucionando progresivamente hasta transformarse en una condición necesaria para participar plenamente en numerosos ámbitos de la vida social.

Uno de los ejemplos más visibles de esta transformación se encuentra en los restaurantes. En numerosos establecimientos, la carta física ha sido eliminada y reemplazada por un código QR que el cliente debe escanear utilizando su teléfono inteligente. En muchos casos no existe una alternativa impresa, de modo que el acceso al menú depende exclusivamente de poseer un dispositivo compatible, conexión a internet, conocimientos y tiempo para recien poder ver la carta. El teléfono deja de ser una herramienta opcional para convertirse en un intermediario obligatorio entre el cliente y el servicio. Lo que antes era una interacción humana simple ahora requiere la participación de una plataforma tecnológica.

Esta práctica puede parecer trivial, pero refleja un cambio cultural significativo. La experiencia de compartir una comida, conversar y desconectarse temporalmente de las pantallas se ve interrumpida desde el momento mismo en que las personas se sientan a la mesa. Esta perdida de experiencia, de un momento de relajo de los computadores o teléfonos, de compartir con alguien sin tener que mirar una pantalla y tener que comenzar a buscar información, demuestra la falta de entendimiento de los establecimientos, y la comodidad de la administración por sobre la experiencia de los clientes. Ningún lugar que busque la mejor experiencia de sus clientes, tendrá como única opción un QR, y mientras mejor el lugar, menos QRs verás.

Además, la imposición de estos sistemas afecta de manera desigual a distintos grupos de la población. Personas mayores, individuos con discapacidades visuales o cognitivas, ciudadanos con limitaciones económicas, quienes no poseen teléfonos o simplemente quienes prefieren no utilizarlos, pueden encontrar dificultades adicionales para acceder a servicios que anteriormente estaban disponibles para todos sin restricciones tecnológicas.

El problema no se limita a los restaurantes. En conciertos, festivales, museos, diversos eventos culturales e incluso parques es cada vez más frecuente que las entradas solo puedan adquirirse por medios digitales y que el acceso dependa exclusivamente de la presentación de un código QR. Quienes no disponen de los medios tecnológicos requeridos quedan en una posición de desventaja o exclusión, enfrentando barreras que no existían en el pasado.

Esto representa una de las mayores discriminaciones de nuetra época, y como siempre ha ocurrido en la historia; en cada época la sociedad no ve con claridad lo que es discriminación, hasta que pasan muchos años y luego nadie puede creer en los abusos del pasado. Actualmente se vive una de las peores épocas de discriminación, debido a la tecnología digital. Son millones de pesonas las excluidas de diferntes servicios.

El caso de los códigos QR en restaurantes constituye un ejemplo cotidiano de un fenómeno mucho más amplio: la creciente transformación de la tecnología desde una herramienta voluntaria hacia un requisito indispensable para participar plenamente en la sociedad contemporánea. La pregunta fundamental no es si la tecnología continuará avanzando, sino si los ciudadanos conservarán la capacidad de decidir cuándo y cómo desean utilizarla.

Frente a esta tendencia, los ciudadanos todavía conservan una herramienta fundamental: la capacidad de elegir. La digitalización obligatoria avanza en gran medida porque las personas la aceptan sin cuestionarla, incluso cuando afecta la calidad de la experiencia, la accesibilidad o la libertad de elección. Cada individuo puede expresar su desacuerdo de manera simple y pacífica, solicitando alternativas y apoyando a aquellos establecimientos que continúan ofreciendo opciones para todos sus clientes.

Personalmente, he optado por negarme a utilizar códigos QR en restaurantes, cafeterías o bares. Cuando me indican que el menú solo está disponible a través de un teléfono inteligente, solicito una carta física. Si no existe una alternativa, pregunto qué productos ofrecen. Y si la experiencia no me resulta cómoda o considero que el establecimiento ha reemplazado el servicio por una dependencia tecnológica innecesaria, simplemente me retiro y busco otro lugar. No se trata de rechazar la tecnología en sí misma, sino de defender la libertad de elección y recordar que la hospitalidad y experiencia debería adaptarse a las personas, y no las personas a las exigencias o a la "comodidad" de la tecnología.

Si más ciudadanos exigieran alternativas y apoyaran con sus decisiones a los establecimientos que priorizan la atención humana por sobre la automatización, las empresas tendrían mayores incentivos para mantener opciones accesibles para todos. Al final, cada compra, cada visita y cada decisión de consumo constituye también una forma de participación y una señal sobre el tipo de sociedad que deseamos construir.