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Las tecnologías digitales suelen comenzar como novedades opcionales y, silenciosamente, luego se vuelven obligatorias.

Hoy en día, las ciudades están utilizando códigos QR, cámaras de vigilancia, reconocimiento facial, pagos digitales (pronto programables) y rastreo en tiempo real, todo en nombre de la seguridad, la eficiencia o el progreso. Pero, ¿quién controla esta infraestructura digital y a quién sirve realmente?

Si cedemos nuestra autonomía por conveniencia, corremos el riesgo de perder lo que nos hace humanos.

¿Qué podemos hacer? Usar menos tecnología digital en las ciudades, evitar usar códigos QR, pagar más en efectivo, y exigir siempre opciones analógicas, porque nadie debería estar obligado a llevar un teléfono con internet como requisito básico para desenvolverse en la vida diaria.

Una perspectiva que no es común en el discurso actual es la promoción de la tecnología digital en las ciudades, sin embargo, cada vez más se describen las consecuencias negativas, las cuales podemos argumentar que sobrepasan a los beneficios si hablamos desde un punto de vista humano. La mayor forma de discriminación hoy en día es la digitalización que excluye a millones incluso de los servicios más básicos, especialmente en las llamadas ciudades “inteligentes”. Está ocurriendo ahora.

Cada pequeña elección analógica es una forma silenciosa de resistencia para preservar la humanidad y apoyar a quienes, por diversas razones, no pueden o deciden no usar tecnología. La vanguardia ha comenzado, no solo en el arte, sino también en los movimientos que cuestionan el statu quo.